jueves, 20 de diciembre de 2012

El origen de una novela

En el debate posterior a mi última charla sobre el vampiro como personaje literario, en Valladolid, uno de los asistentes me preguntó si tenía algún proyecto literario para el futuro y, afortunadamente, le contesté que sí. Digo afortunadamente porque es una de esas preguntas que, respondida negativamente, deja en mal lugar. Siempre hay que decir que sí, porque en caso contrario habrá quien piense que lo tuyo ha sido flor de un día y hasta ahí has llegado.

Bueno, pues tengo proyectos literarios en mente, uno de los cuales aparecerá muy pronto. El otro, una nueva novela, tardará más en salir, pero saldrá. ¿Y de dónde saldrá? Pues de mi cabeza, aunque para llegar ahí tiene que haber pasado algo antes. Yo empleo la metáfora de la semilla para referirme a este proceso creativo, igual que otros escritores hablan del huevo, del parto, de incontinencia literaria...

El caso es que la semilla es esa idea fundamental que va a dar origen a una novela, y se mete en el cerebro a través de los ojos y los oídos, porque has leído algo que te ha inspirado una historia, o has visto una imagen que te hace preguntarte cómo y por qué se produjo, o has escuchado una conversación interesante sobre una cuestión que pide a gritos ser explicada... Si esa idea es lo bastante fuerte no podrás sacártela de la cabeza y, poco a poco, cuando tu mente esté tranquila, irá nutriéndola con recuerdos, con frases, con escenas... La semilla habrá arraigado.

Imagen del blog www.midedodidactico.blogspot.com

A partir de ese momento, tus conocimientos y experiencias serán el abono del que esa semilla se nutrirá, hasta que brote y alcance una dimensión que tu mente no pueda abarcar. Todo ha ido bien en esa "maceta", pero ya ha crecido tanto que se desborda, y necesita salir para que le dé el aire, necesita espacio para seguir progresando, pues encerrada en un sitio tan reducido como es nuestro cerebro, acabará por marchitarse y morir. Ha llegado el momento del trasplante.

Creo que dicha operación es mi momento favorito del proceso creativo de una novela, porque es cuando la semilla que ya es una pequeña planta empieza a tener hojas por las que corre la tinta. Al principio son pocas, y brotan desordenadamente pero, con trabajo, toman la forma que deseas hasta convertirse en un arbolito: un melancólico sauce, un elegante ciprés, un majestuoso roble... Al contemplarlo desde fuera puedes determinar cómo quieres que crezca y qué aspecto tendrá. Además, en el exterior puedes regarlo con las ideas de terceros e iluminarlo con las miradas de otras personas. Ya no eres el único que ve su evolución, y tanto el aire de los consejos como el granizo de las críticas agitará la copa del árbol, arrancando las hojas muertas (y probablemente algunas vivas).

Y así, pasadas unas cuantas estaciones, aquella semilla que se implantó en tu cabeza y arraigó con fuerza dará sus frutos. Quizá sean pequeños y exquisitos, o grandes y vulgares. Podrán ser dulces o amargos, secos o jugosos, pero serán fruto de tu empeño, tu constancia y tu talento. Y como acabo de demostrar que escribir un libro y plantar un árbol no dejan de ser una misma cosa, solo te quedará tener un hijo. Pero eso ya es otra historia.

2 comentarios:

  1. ¡Qué bonita metáfora la del árbol! Con tu permiso voy a tomárla prestada. Ya tengo una hija preciosa, ahora voy a ir por el libro-árbol, la semilla anda aún por mi pequeño cerebro. La cosa será ver de las varias semillas que corren, cuál elijo primero, aunque siempre hay una que te llama con más energía... ¡Saludos y sonrisas!

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